La Erosión Cósmica 2: El Sermón de la Entropía
Mi mundo ya no era el observatorio. Mi mundo se había encogido al tamaño de una cifra: setecientos dieciocho días. El conocimiento de la aniquilación inminente no es una carga, es un tumor. Un cáncer en la conciencia que hace metástasis en cada pensamiento, que convierte cada amanecer en una cuenta atrás y cada atardecer en un recordatorio de que el tiempo se agota. La certeza del fin no te libera; te encadena a un calendario de verdugo. Ben y yo nos movíamos por la sala de control, antes un santuario de lógica y descubrimiento, ahora la capilla ardiente de un universo entero. El mapa tridimensional de la Erosión seguía en la pantalla principal, una esfera de negrura perfecta que crecía en nuestras simulaciones, un dios oscuro y silencioso al que ahora rendíamos un culto de terror y fascinación. Ya no hablábamos del tiempo. Hablábamos de lo que quedaba de él.