La Erosión Cósmica 1: La Mancha en el Ojo de Dios
Hay una mentira piadosa que los poetas venden sobre el cielo nocturno. Lo llaman un manto de tercielo, un lienzo de diamantes. Pura mierda. El cielo, visto desde la cima del mundo, desde el vientre del desierto de Atacama, no es un manto. Es un abismo. Un océano de negrura tan profundo y absoluto que amenaza con tragarte entero si lo miras durante demasiado tiempo. No inspira asombro. Inspira un vértigo primordial, el terror instintivo de la mota de polvo que se da cuenta de su propia e insignificante existencia.
El Observatorio Internacional Atacama era mi santuario contra ese vértigo. Un templo de cristal y acero erigido en honor a un dios silencioso: el cosmos. Aquí, a cinco mil metros sobre un mar que nunca veíamos, el aire era tan fino y puro que el universo parecía desnudarse, mostrando sus cicatrices y sus secretos sin pudor. Yo, la Dra. Aris Thorne, no era una astrónoma. Era una sacerdotisa de la luz muerta. Mi trabajo consistía en interpretar los ecos de cataclismos que habían ocurrido hacía miles de millones de años, en leer los testamentos de estrellas que ya no existían. Vivía en este monasterio de la ciencia, rodeada de la paz fría de los números, de la elegante certeza de las constantes universales. La humanidad, con su ruido, su política y su furia, era un planeta lejano, una anomalía de barro y agua de la que me había exiliado voluntariamente. Mi mundo era la lógica, la espectrometría, el elegante ballet de las galaxias distantes. Y creía, en mi arrogancia intelectual, que lo había visto todo.
La sala de control principal era mi capilla. Un espacio semicircular dominado por una pantalla panorámica que era nuestra ventana al pasado del universo. El único sonido era el suave zumbido de los servidores, enfriados por nitrógeno líquido, y el tecleo ocasional de alguno de los jóvenes postdoctorados que pululaban a mi alrededor como acólitos nerviosos. Mi paz era una ecuación bien planteada, mi fe, la navaja de Ockham. Creía en la explicación más simple. Creía que el universo, aunque caótico, jugaba con unas reglas que podíamos, con tiempo y paciencia, llegar a descifrar.
Qué ingenua era. Qué jodidamente ingenua.
La llamada a la aventura, el primer toque de la campana que anunciaría el fin de todo, no fue un grito. Fue un susurro. Un glitch en la perfección de los datos. Vino de Ben Carter, un joven y brillante postdoctorado de Caltech cuya ansiedad era tan grande como su intelecto.
—Doctora Thorne, tiene que ver esto —dijo, su voz en mi intercomunicador era un hilo tenso, vibrando con una mezcla de pánico y excitación—. Es sobre el programa de campo ultra profundo del Kepler-II.
Me acerqué a su consola, con una taza de café sintético en la mano y una ligera irritación. Probablemente había confundido una lente gravitacional con una anomalía. Le pasaba a menudo.
—¿Qué pasa, Ben? ¿Has encontrado otra galaxia con forma de cara sonriente?
No se rio. Su rostro, iluminado por el brillo de la pantalla, estaba pálido. —No, doctora. Es… es sobre el Cúmulo de Galaxias UDFj-39546284.
El nombre era un galimatías, pero yo lo conocía. Era nuestra joya. Uno de los objetos más lejanos jamás fotografiados. Un borrón rojizo y febril a trece mil millones de años luz, una de las primeras guarderías de estrellas del universo. Era como mirar el amanecer de la creación.
Ben tecleó un comando. La pantalla principal se dividió en dos. A la izquierda, la imagen que habíamos capturado la semana pasada. Allí estaba. Nuestro cúmulo. Un puñado de píxeles rojos que contenían la promesa de miles de millones de soles. A la derecha, la nueva imagen, la que el telescopio espacial había enviado hacía solo doce horas, de exactamente el mismo sector del cielo.
Y el cúmulo ya no estaba.
Me quedé mirando, esperando que mis ojos se ajustaran. Pero no había nada que ajustar. Donde antes estaba ese borrón rojo, ahora había… nada. Un parche de oscuridad. Y no era la oscuridad normal del espacio profundo, salpicada por el ruido de fondo de microondas. Era una oscuridad perfecta. Absoluta. Una mancha de tinta, un agujero en la realidad, como si un censor cósmico hubiera pasado un pincel de la nada sobre la obra de Dios.
—¿Qué coño es esto? —susurré, mi voz apenas un soplido.
—No lo sé, doctora —respondió Ben, su voz temblaba—. No hay firma de supernova. No hay lecturas de un agujero negro supermasivo que se lo haya tragado. No hay distorsión gravitacional. Simplemente… se ha ido. Y el espacio que ha dejado atrás es… vacío. Más frío y más oscuro que cualquier cosa que hayamos medido nunca.
Sentí un escalofrío que no tenía nada que ver con el aire acondicionado de la sala. La taza de café tembló en mi mano. El universo acababa de susurrarnos una blasfemia. Y nosotros éramos los únicos que la habíamos oído.
La primera reacción de una mente entrenada en la ciencia ante lo imposible no es la aceptación. Es la negación. Una negación furiosa, metódica y desesperada.
—Es un fallo del sensor, Ben —dije, mi voz era más dura de lo que pretendía, un intento de imponer el orden sobre el caos—. Una matriz de CCD frita en el Kepler. Una lente descalibrada. Una nube de polvo interestelar errante que no habíamos catalogado. Hay mil explicaciones lógicas. Esta no es una de ellas.
Me encerré en mi oficina, un cubículo de cristal con vistas al desierto y a las estrellas. Me sumergí en los datos crudos, en los terabytes de información que el telescopio había enviado. Busqué el error, la variable oculta, la explicación racional que me permitiera volver a mi mundo de certezas. Corrí los diagnósticos del Kepler-II una y otra vez. Cada uno de ellos volvió con la misma respuesta fría y digital: "Todos los sistemas operativos al cien por cien". Apunté los sensores de radio del observatorio a ese parche de oscuridad, buscando cualquier emisión, cualquier eco. Silencio. Silencio absoluto.
Era como investigar un asesinato en el que no solo había desaparecido la víctima, sino también la habitación donde había sido asesinada, la casa, la calle y la ciudad entera, sin dejar ni un solo ladrillo. Era una aniquilación tan perfecta que desafiaba no solo la física, sino la propia filosofía de la existencia. Las cosas no dejan de existir. Se transforman. Se convierten en energía, en polvo, en recuerdo. Pero no se desvanecen.
Pasé treinta y seis horas sin dormir, alimentándome de café y de una ansiedad creciente que me corroía el estómago. Repasé cada teoría. ¿Una civilización de Tipo V que había encerrado el cúmulo en una esfera de Dyson perfecta? Improbable. La energía residual sería detectable. ¿Un nuevo tipo de agujero negro que no emitía radiación de Hawking? Contradecía todo lo que sabíamos.
Mi mente, mi herramienta más preciada, mi bisturí de lógica, se estaba mostrando inútil contra este problema. Y el miedo empezó a filtrarse. El miedo no a lo desconocido, sino a lo incognoscible. El miedo a que las reglas con las que había jugado toda mi vida fueran, en realidad, solo sugerencias. Y que algo, ahí fuera, hubiera decidido ignorarlas.
Al tercer día, rota y sin respuestas, hice lo que juré que nunca volvería a hacer. Contacté con el Dr. Kaelen Rhys.
Rhys había sido mi mentor en la universidad, un genio de la física teórica que había estado a punto de ganar el Nobel antes de que sus ideas se volvieran demasiado… extrañas. Hablaba de la conciencia como una fuerza fundamental del universo, de la posibilidad de que la materia fuera solo una manifestación de la información. La comunidad científica lo había repudiado, lo había tachado de místico. Y él se había retirado a un exilio autoimpuesto en una remota isla de la Columbia Británica, comunicándose con el mundo solo a través de canales encriptados.
Le envié los datos. Las dos imágenes, los análisis de los sensores, mis propias y desesperadas notas. Esperaba una respuesta burlona, o el silencio.
La respuesta llegó horas después, no como un email, sino como una llamada de voz, algo que no había hecho en años. Su voz, al otro lado del mundo, era rasposa, el sonido de cuerdas vocales que habían olvidado cómo hablar.
—Aris… —dijo, y en su tono había una tristeza infinita—. Así que al final lo habéis visto. Sabía que pasaría, con vuestros nuevos juguetes. Vuestros ojos de cristal son cada vez más potentes.
—¿Qué es, Kaelen? ¿Qué coño es lo que he visto?
Hubo una larga pausa, solo rota por el sonido de las olas rompiendo en su extremo de la línea. —Lo llamábamos 'la Sombra que Cae'. No es un objeto. No es una entidad. Es un fenómeno. Una condición. Como una enfermedad del propio espacio-tiempo. Un cáncer que borra la existencia. —Su voz bajó, convirtiéndose en un susurro urgente—. Escúchame bien, Aris. Abandona esa investigación. Borra los datos. Finge un fallo masivo del telescopio. Olvida lo que has visto. Hay puertas que no deben abrirse. Hay abismos a los que es mejor no asomarse, porque a veces, el abismo te devuelve la mirada y te reclama.
—No puedo hacer eso, Kaelen. Soy una científica.
—No, Aris —replicó, y su voz estaba llena de una pena terrible—. Ya no. Ahora eres una testigo. Y eso es mucho más peligroso.
La línea se cortó.
La advertencia de Rhys fue como echar gasolina a un incendio. ¿Olvidar? ¿Fingir? ¿Esconderme? Era un insulto a todo lo que yo era. La ciencia no es el arte de lo posible; es el arte de enfrentarse a lo imposible. Es patear todas las putas puertas, especialmente aquellas en las que pone "No entrar".
Su miedo solo alimentó mi furia intelectual. Me había dado un nombre: "la Sombra que Cae". Y me había confirmado que no estaba loca. Que otros, antes que yo, habían visto esto y lo habían ocultado. La cobardía de la generación anterior se había convertido en mi responsabilidad.
Ignorando las llamadas furiosas de mis superiores, que ya se habían enterado de mi insubordinación, usé mi acceso de administradora para tomar el control total del Kepler-II. La decisión fue instantánea, impulsada por una lógica fría y vengativa. Si Rhys había visto esto antes, lo había visto con instrumentos menos potentes. Debía haber estado observando objetos más cercanos, más brillantes.
Accedí a sus antiguos archivos de investigación, a los datos que la universidad había sellado bajo la etiqueta de "investigación no concluyente". Encontré sus viejas coordenadas. Un cúmulo de galaxias en la constelación de la Osa Mayor, mucho más cercano, mucho más estudiado. Un lugar que debería ser tan familiar como el dorso de mi mano.
Apunté el ojo de Dios, nuestro telescopio de mil millones de dólares, a ese nuevo objetivo. Y esperé.
Las siguientes dieciocho horas fueron una tortura de burocracia y guerra fría. El director del observatorio, un político con bata de científico, me amenazó con revocar mi acceso de por vida. El consorcio europeo que financiaba el proyecto amenazó con demandarme. Mis colegas, mis supuestos compañeros en la búsqueda de la verdad, me dieron la espalda, susurrando a mis espaldas sobre el estrés, la locura, el final de mi carrera.
Solo Ben se quedó a mi lado. No por lealtad, sino porque estaba demasiado aterrorizado para irse. Se había convertido en mi aliado por defecto, un testigo involuntario de mi herejía.
—¿Y si no hay nada, Aris? —me preguntó, su rostro pálido—. ¿Y si solo has sacrificado tu carrera por una mancha en una foto?
—Entonces habré sacrificado mi carrera por la verdad, Ben —repliqué, mis ojos fijos en el cronómetro de la pantalla—. Y eso es más de lo que la mayoría de esta gente podrá decir nunca.
La comunidad internacional, a la que había alertado a través de canales secretos, me respondió con un silencio condescendiente. "Dra. Thorne, apreciamos su diligencia, pero sugerimos que se tome un descanso". "Los datos preliminares no son concluyentes". "Probablemente sea un artefacto instrumental". Me estaban tratando como a una histérica.
Me sentí completamente sola, una loca gritando en un manicomio donde todos los demás se creían cuerdos.
La descarga de datos comenzó a las tres de la madrugada. El silencio en la sala de control era absoluto. Ben y yo éramos los únicos que quedábamos. El resto se había ido, no queriendo ser cómplices de mi suicidio profesional.
La imagen empezó a formarse en la pantalla principal, línea por línea. Un proceso que normalmente era excitante, ahora era una agonía. Vi aparecer las estrellas familiares de primer plano. Las galaxias espirales que conocía de memoria. Y luego, el centro de la imagen. El lugar donde debería estar el brillante y masivo cúmulo de la Osa Mayor.
Estaba vacío.
Otro parche de negrura perfecta. Otra cicatriz de la nada en el rostro del universo. Era aún más aterrador que el primero, porque este lugar estaba más cerca. La mancha era más grande. La Sombra había avanzado.
Ben ahogó un sollozo. Yo no sentí nada. Solo la confirmación fría y dura de la verdad. La negación había muerto. Solo quedaba el horror.
Nos sumergimos en los nuevos datos. Ya no buscábamos una explicación. Buscábamos las características del asesino.
Cruzamos los datos de ambas desapariciones. Las coordenadas, el tiempo transcurrido entre las observaciones. Y con cada cálculo, la pesadilla se volvía más nítida, más precisa.
La "Erosión", como la bauticé en mis notas, no era un evento aleatorio. Tenía un borde definido, un frente de aniquilación. Y no era estático. Se estaba moviendo. La comparación entre la desaparición del cúmulo lejano y el cercano nos dio la triangulación. Nos dio la velocidad.
Y nos dio la dirección.
Era un movimiento coherente. Un frente que avanzaba a través del tejido del universo como la marea subiendo en una playa, borrando los castillos de arena de las galaxias, uno por uno. Una aniquilación pasiva, silenciosa e imparable.
Y se dirigía hacia nosotros. Hacia el Grupo Local. Hacia la Vía Láctea.
El programa de simulación tardó una hora en procesar todos los datos. Una hora en la que Ben y yo no hablamos, no nos movimos. Solo mirábamos la barra de progreso en la pantalla, el latido digital del verdugo.
Finalmente, la simulación terminó. Un mapa tridimensional del universo conocido apareció en la pantalla principal. Y vimos el frente de la Erosión, una esfera de la nada en expansión, devorando la luz y la materia a su paso.
—Calcula el tiempo de llegada al perímetro de la Vía Láctea —dije, mi voz era la de una extraña.
Ben tecleó el comando, sus dedos temblaban tanto que tuvo que hacerlo tres veces. El programa calculó. Y la cifra apareció en la pantalla, en un rojo frío y digital.
Ben me miró, sus ojos llenos de un terror infantil, esperando que yo le dijera que era un error. Que había una variable que no habíamos considerado. Pero yo miré la cifra, y luego lo miré a él, y en el silencio de ese templo de la ciencia en la cima del mundo, le di la única verdad que nos quedaba.
—Ben —dije, y mi voz era un susurro helado que pareció congelar el aire—. Según mis cálculos, basándonos en la aceleración constante… el borde de la Erosión llegará a nuestra galaxia…
Él esperaba la escala de tiempo geológica. Millones de años. Cientos de miles. La clase de apocalipsis abstracto que le permites a uno dormir por la noche.
Pero yo terminé la frase.
—…en aproximadamente setecientos dieciocho días.
El fin del mundo tenía fecha. Y el reloj, el puto y silencioso reloj del cosmos, acababa de empezar a correr para todos nosotros.

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