El metro abandonado se convirtió en mi nuevo santuario, una ironía que no se me escapaba. El Silencio, esa nada neurológica que antes aterrorizaba a la humanidad con su promesa de vacío, era ahora mi único refugio contra la cacofonía de una verdad insoportable. Elara y su pequeño y heterogéneo grupo de "Sin Sueños" vivían aquí, en la penumbra y el olor a hormigón húmedo, una tribu de parias que habían elegido el vacío honesto antes que la felicidad manufacturada. Había abandonado mi apartamento de lujo con vistas al cielo, mi trabajo de dios menor, mi vida entera. Ahora dormía en un saco de dormir sobre el frío suelo de un andén fantasma, y por primera vez en años, mis noches estaban verdaderamente vacías. Y era una tortura. El Silencio no era una ausencia de sueños; era la aterradora presencia de mi propia y desnuda conciencia, sin filtros, sin fantasías, un monólogo incesante de culpa y miedo. Era insoportable. Y era real.