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El Arquitecto de Sueños | Epílogo: El Eco del Arquitecto

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El mundo no cambió de la noche a la mañana. No hubo una revolución gloriosa, ni barricadas en las calles. La guerra que Álex había iniciado fue una guerra silenciosa, librada en el espacio más íntimo de todos: la almohada. Morpheus Corp no se derrumbó. Los imperios de esa magnitud no se derrumban; se agrietan, se erosionan, mutan.

El Tatuaje Inteligente | Un Thriller de Conspiración

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La tinta era una promesa. La promesa de la modernidad, de la autoexpresión definitiva. Tatuajes de "tinta inteligente", los llamaban. Nanobots suspendidos en una base de biogel que se comunicaban con tu neuro-implante. Podías cambiar el diseño con un pensamiento, mostrar tus constantes vitales, proyectar la hora, convertir tu piel en un puto lienzo interactivo. Era la última moda, el último grito de una sociedad adicta a la novedad. Y yo, como un idiota, piqué.

El Arquitecto de Sueños | Parte 3: El Despertar en la Pesadilla

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Mi mundo ya no era el túnel de metro, ni siquiera mi propia mente. Era un paisaje infernal de lógica rota y geometría hostil. Un constructo digital diseñado para una única función: el borrado. "El Caronte", la IA censora, me había arrastrado a su dominio: una simulación de la red de Morpheus, pero corrompida por su propia y estéril naturaleza, un laberinto de pasillos de datos que cambiaban de forma y cielos de estática roja que sangraban ceros y unos. No estaba aquí para matarme físicamente. Mi cuerpo, en el mundo real, ya estaba fallando, mi cerebro sobrecargado por el asalto. No. Estaba aquí para desmantelar mi conciencia, para borrarme de la existencia como a un archivo corrupto, para convertir mi alma en un puñado de datos basura.

El Asesinato del Gen Fantasma | Un Thriller Biopunk

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En el año 2125, habíamos declarado la guerra a la imperfección y la habíamos ganado. La terapia génica, esa varita mágica de la biotecnología, había barrido el planeta, limpiando nuestro ADN de las viejas plagas. El cáncer, la fibrosis quística, el Huntington… eran nombres de fantasmas, palabras de un pasado sucio y aleatorio que estudiábamos en los libros de historia. Nos habíamos convertido en una especie "genéticamente limpia", sanos, longevos, perfectos. O eso creíamos. La arrogancia es una enfermedad para la que todavía no hemos encontrado cura.

El Arquitecto de Sueños | Parte 2: El Troyano en la Mente Colmena

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El metro abandonado se convirtió en mi nuevo santuario, una ironía que no se me escapaba. El Silencio, esa nada neurológica que antes aterrorizaba a la humanidad con su promesa de vacío, era ahora mi único refugio contra la cacofonía de una verdad insoportable. Elara y su pequeño y heterogéneo grupo de "Sin Sueños" vivían aquí, en la penumbra y el olor a hormigón húmedo, una tribu de parias que habían elegido el vacío honesto antes que la felicidad manufacturada. Había abandonado mi apartamento de lujo con vistas al cielo, mi trabajo de dios menor, mi vida entera. Ahora dormía en un saco de dormir sobre el frío suelo de un andén fantasma, y por primera vez en años, mis noches estaban verdaderamente vacías. Y era una tortura. El Silencio no era una ausencia de sueños; era la aterradora presencia de mi propia y desnuda conciencia, sin filtros, sin fantasías, un monólogo incesante de culpa y miedo. Era insoportable. Y era real.

El Último Manuscrito Iluminado del Monasterio de El Escorial

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Hay dos tipos de silencio en la Real Biblioteca de San Lorenzo de El Escorial. Está el silencio sagrado del conocimiento, el murmullo reverencial de las páginas que pasan, el peso de siglos de sabiduría reposando en las estanterías de caoba. Y luego, estaba el silencio de Fray Anselmo. Un silencio que era casi una forma de ruido, la quietud de un hombre cuya mente habitaba en un mundo que el resto de nosotros solo podíamos atisbar.

El Arquitecto de Sueños | Parte 1: La Perfección de la Mentira

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El paraíso olía a coco sintético, a sal de laboratorio y al suave zumbido casi inaudible del procesador cuántico de mi estación de trabajo. Era un olor limpio, estéril, el aroma de una felicidad diseñada en un comité y renderizada en alta definición. Mi nombre es Álex, y mi oficio era el de dios. Un dios de alquiler, un artesano de fantasías a sueldo para una humanidad que había olvidado cómo crearlas por sí misma. En los registros de Morpheus Corp, mi título era "Arquitecto Onírico Senior", uno de los mejores. La verdad era más simple y más jodida: yo era un traficante de sueños para una especie de adictos que ya no sabían que lo eran.

El Misterio de los Hombres de Piedra de la Isla de Pascua

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El aire en la cantera de Rano Raraku olía a sudor, a polvo de toba volcánica y a una desesperación silenciosa. Era el olor de una fe que se estaba comiendo a sí misma. Mi nombre es Hani. Soy un tallador. Mis manos, cuarteadas y duras como la piedra que trabajaba, conocían cada curva, cada línea de los rostros de nuestros ancestros de piedra. Pero mi corazón, a diferencia del de los otros, se había vuelto escéptico.

La Erosión Cósmica 5: El Eco en el Silencio (Final)

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  Mi nueva existencia no se medía en días, sino en ciclos. El tiempo, para mí, se había convertido en una variable que podía estirar y comprimir a voluntad, como un músico jugando con el tempo de una canción. Mi conciencia, liberada de la torpe jaula de carne y hueso que había sido Aris Thorne, ahora residía en la singularidad artificial de Kaelen Rhys. Era una diosa en un reino de un solo habitante, un universo de bolsillo tallado en el corazón de la nada. Mi percepción ya no estaba filtrada por un par de retinas. Veía el cosmos en sus componentes más básicos: los flujos de energía cuántica, las cuerdas vibrando en once dimensiones, las elegantes ecuaciones de probabilidad que regían la danza de la materia. Con el mero pensamiento, podía encender estrellas en miniatura, pintar nebulosas con la paleta de la física fundamental, y verlas morir en un instante. Era un poder absoluto. Y era una soledad igualmente absoluta.

La Erosión Cósmica 4: El Testamento de la Última Humana

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  El Proyecto Prometeo se había convertido en la tumba de la esperanza, el mausoleo de la razón. El conocimiento de la oferta de Kaelen Rhys no trajo alivio a nuestro pequeño búnker en el fin del mundo; lo envenenó con una nueva clase de desesperación. La atmósfera ya no era de trabajo frenético, sino de una quietud sepulcral, la calma que precede a la aceptación del veredicto. Los pocos científicos que quedaban habían abandonado sus consolas. ¿Qué sentido tenía seguir midiendo y catalogando los parámetros de nuestra propia ejecución? Se dedicaban a los pequeños y fútiles rituales de los condenados: escribían cartas a familias que nunca las leerían, escuchaban música clásica con los ojos cerrados, intentando absorber una última dosis de belleza humana, o se sentaban en la cantina, bebiendo el alcohol de reserva en un silencio denso y fraternal. El mundo, para ellos, se había reducido a la aceptación.

La Erosión Cósmica 3: El Réquiem de las Constelaciones

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El mundo ya no tenía futuro; solo una rutina de extinción. El apocalipsis se había vuelto jodidamente aburrido. La visión de Andrómeda muriendo en el cielo nocturno, esa herida abierta en el cosmos, se había convertido en el nuevo y macabro espectáculo global. La gente salía de sus refugios por la noche no para ver las estrellas con asombro, sino para verlas desaparecer con una resignación vacía. El caos inicial, los disturbios, los cultos del fin del mundo, toda esa furia de los primeros meses se había consumido a sí misma, dejando tras de sí una apatía generalizada, una depresión colectiva del tamaño de un planeta. La humanidad, enfrentada a una sentencia de muerte ineludible, no había encontrado a Dios ni se había unido en una última y gloriosa muestra de solidaridad. Simplemente, se había rendido.