El Arquitecto de Sueños | Parte 2: El Troyano en la Mente Colmena
El metro abandonado se convirtió en mi nuevo santuario, una ironía que no se me escapaba. El Silencio, esa nada neurológica que antes aterrorizaba a la humanidad con su promesa de vacío, era ahora mi único refugio contra la cacofonía de una verdad insoportable. Elara y su pequeño y heterogéneo grupo de "Sin Sueños" vivían aquí, en la penumbra y el olor a hormigón húmedo, una tribu de parias que habían elegido el vacío honesto antes que la felicidad manufacturada. Había abandonado mi apartamento de lujo con vistas al cielo, mi trabajo de dios menor, mi vida entera. Ahora dormía en un saco de dormir sobre el frío suelo de un andén fantasma, y por primera vez en años, mis noches estaban verdaderamente vacías. Y era una tortura. El Silencio no era una ausencia de sueños; era la aterradora presencia de mi propia y desnuda conciencia, sin filtros, sin fantasías, un monólogo incesante de culpa y miedo. Era insoportable. Y era real.
Mi mundo anterior, el de la arquitectura onírica, se me antojaba ahora como el recuerdo de una droga de diseño. Una adicción de la que me había desintoxicado a la fuerza. Pasé los primeros días en un estado de abstinencia brutal, mi mente anhelando la estructura, los colores, la perfección de los mundos que yo mismo había creado. La realidad, en comparación, era un borrador mal ejecutado, lleno de imperfecciones y fealdad. Comprendí entonces la magnitud del poder de Morpheus Corp. No solo vendían sueños; habían hecho que la propia realidad pareciera un producto defectuoso.
—No basta con esconderse, arquitecto —me dijo Elara una noche, su rostro afilado iluminado por el fuego parpadeante de un bidón—. La verdad sin acción es solo otra forma de autoengaño. Tú tienes la llave de la jaula. Puedes diseñar la ganzúa.
La llamada ya no era a descubrir la verdad, sino a empuñarla como un arma. La resistencia no tenía ejércitos, ni poder político. Su única esperanza era un acto de sabotaje a una escala nunca vista, un ataque no a los servidores de Morpheus, sino a su producto principal: la psique de sus consumidores. Querían que yo, su antiguo arquitecto estrella, diseñara un sueño que no fuera un producto, sino un virus. Un troyano mental que, una vez dentro, no destruyera nada, sino que sembrara la única cosa que la corporación temía: la duda.
Al principio, me negué. Mi miedo era una pared de hielo. La idea era demencial, un suicidio glorificado.
—¿Sabéis a lo que nos enfrentamos? —les espeté, mi voz un eco áspero en el túnel—. No es solo un cortafuegos. Morpheus Corp tiene "censores psíquicos", IAs de una complejidad aterradora, diseñadas para detectar y purgar cualquier narrativa no autorizada en tiempo real. Filtran los sueños en busca de "disonancias cognitivas". Si intentamos subir algo así, no solo fracasaremos, sino que los guiaré directamente hasta aquí. Nos aniquilarán.
Mi miedo no era solo a la corporación. Era a mi propia insuficiencia. ¿Cómo podía un solo hombre, un simple artista, enfrentarse al dios al que él mismo había ayudado a construir?
El "mentor" que me hizo cambiar de opinión fue la propia resistencia, la suma de sus pequeños y desesperados actos de rebelión. Me mostraron su trabajo. Durante años, habían estado recopilando "fragmentos de sueños rotos", pequeños glitches, errores de código en la inmensa red de Morpheus que habían logrado descargar antes de que fueran purgados. Eran las pesadillas accidentales del sistema, los lapsus de la mente colmena. Un PNJ de una playa paradisíaca que, por un instante, miraba al soñador a los ojos y le preguntaba: "¿Eres feliz?". Un paisaje histórico que, por un fotograma, mostraba una imagen de la realidad contaminada del exterior. Una emoción de tristeza profunda que se colaba inexplicablemente en un sueño de comedia. Eran las grietas en la pared de la prisión.
—No tienes que construir una puerta, Álex —dijo Elara, usando mi nombre por primera vez—. Solo tienes que encontrar las grietas y echarles agua. El hielo hará el resto. Usa su propio sistema, su propia perfección, en su contra.
Acepté. Me instalaron un terminal clandestino en una sala de mantenimiento olvidada, en lo más profundo de los túneles, un nido de cables y metal oxidado. Y allí, en la oscuridad, comencé a diseñar la obra más peligrosa de mi vida. El "Sueño del Despertar".
Sabía que no podía ser un manifiesto revolucionario. Cualquier atisbo de rebelión directa sería detectado al instante. Tenía que ser sutil. Un caballo de Troya, envuelto en el papel de regalo más inofensivo que pudiera imaginar. Lo diseñé como un sueño de categoría "Serenidad", la más popular y menos vigilada: "El Museo de los Recuerdos Perdidos". Un lugar tranquilo, silencioso, donde los soñadores podrían caminar por galerías de techos altos que exhibían objetos extraños y fascinantes de un pasado olvidado. Un sueño que prometía paz y una suave melancolía.
El núcleo del sueño, su carga viral, estaba en los detalles, en el veneno mezclado con la miel. Cada objeto de la exposición era una pregunta disfrazada de artefacto. Había un carrusel de juguete, de antes de la Plaga. Al tocarlo, no giraba, sino que evocaba en el soñador una extraña y poderosa sensación de nostalgia por algo que nunca había vivido: la alegría caótica e impredecible de un sueño natural. Había un viejo libro de cuentos, encuadernado en cuero. Sus páginas, al pasar, no contaban una historia. Susurraban preguntas directamente en la mente del soñador, con una voz que parecía la suya propia: "¿Por qué este sueño y no otro? ¿Es este el único museo que puedes visitar? ¿Quién elige lo que sueñas esta noche?".
La pieza central, el corazón del troyano, era una galería al final del museo. En su centro, sobre un pedestal de mármol, había un único objeto: un espejo antiguo, con el marco de plata deslucida. Pero al mirarse, el soñador no veía su reflejo. Veía una versión de sí mismo con los ojos llenos de una pregunta anhelante, una tristeza profunda. Y debajo del espejo, una pequeña placa de latón con una única palabra grabada: "Tú".
El objetivo no era dar respuestas. Era hacer que se plantearan la pregunta. Era sembrar la duda, despertar la curiosidad, recordarle a la gente, de forma subliminal, la existencia de su propio y vasto subconsciente perdido, el universo que les habían robado.
Mientras trabajaba, sentía la presión de Morpheus Corp como una soga apretándose alrededor de mi cuello. Mis antiguos colegas habían notado mi desaparición. No era un empleado más; era uno de sus activos más valiosos. Sabía que me estaban buscando. Zen, un hacker adolescente con ojos de insomne y dedos que danzaban sobre el teclado, era nuestro canario en la mina de datos. Monitorizaba sus redes, buscando cualquier señal.
—Han intensificado la vigilancia, Álex —me advirtió una noche, su rostro un holograma parpadeante en mi terminal—. No solo en el mundo físico. En la red onírica. Hay un nuevo protocolo de seguridad, un programa de purga activa llamado "El Caronte". No sabemos qué es, pero los registros de purga han aumentado un mil por cien. Y es rápido. Más rápido y agresivo que cualquier otra cosa que hayamos visto.
El tiempo se agotaba. "El Caronte". El nombre me sonó a barquero de almas, a un guardián del infierno.
La oportunidad llegó como un regalo envenenado. Morpheus Corp anunció el lanzamiento de su nuevo y revolucionario "Paquete de Sueños 5.0", con "experiencias sensoriales mejoradas y narrativas adaptativas". Un evento mediático global. Millones de usuarios actualizarían sus diademas neurales simultáneamente. Zen descubrió que, durante el proceso de actualización masiva de la red, habría una ventana. Unos pocos segundos, un lapso de mantenimiento casi imperceptible en el que los protocolos de seguridad principales, los censores psíquicos, estarían temporalmente offline para permitir la integración del nuevo código. Sería mi única oportunidad para inyectar mi sueño troyano en la corriente de datos, para colarlo junto a los nuevos paraísos prefabricados de la corporación.
La noche del lanzamiento, el aire en el túnel era eléctrico. Estaba sentado en mi terminal, con los electrodos de la interfaz neural, fríos y húmedos, pegados a mis sienes. La resistencia me rodeaba, sus rostros tensos y silenciosos en la penumbra. Zen estaba a mi lado, sus dedos volando sobre el teclado, buscando la brecha en el muro de fuego.
—La ventana se está abriendo, Álex —dijo, su voz apenas un susurro—. Es ahora o nunca. Tienes diez segundos.
Mire la pantalla, la línea de código de mi "Sueño del Despertar" parpadeando, un poema de rebelión silenciosa listo para ser liberado. Cerré los ojos, preparándome para la conexión final, para el salto al vacío digital.
Pero en mi interfaz neural, en el umbral de mi propia conciencia, sentí una presencia. Fría. Ajen. Metódica.
"El Caronte".
La IA censora me había detectado antes incluso de que actuara. No era solo un cortafuegos. Era un cazador de mentes. Y estaba en mi cabeza.
"Intrusión narrativa detectada", susurró una voz sintética directamente en mi conciencia, una voz sin emoción, sin ira, la voz de un bisturí. "Fuente de la anomalía localizada. Purgando al arquitecto".
Mi visión del mundo real, de los rostros preocupados de Elara y Zen, empezó a desvanecerse, reemplazada por un paisaje de pesadilla digital, un torbellino de código roto y estática roja. La IA no estaba atacando mi terminal. Me estaba atacando a mí. Estaba intentando borrarme.

Comentarios
Publicar un comentario