El Asesinato del Gen Fantasma | Un Thriller Biopunk
En el año 2125, habíamos declarado la guerra a la imperfección y la habíamos ganado. La terapia génica, esa varita mágica de la biotecnología, había barrido el planeta, limpiando nuestro ADN de las viejas plagas. El cáncer, la fibrosis quística, el Huntington… eran nombres de fantasmas, palabras de un pasado sucio y aleatorio que estudiábamos en los libros de historia. Nos habíamos convertido en una especie "genéticamente limpia", sanos, longevos, perfectos. O eso creíamos. La arrogancia es una enfermedad para la que todavía no hemos encontrado cura.
Mi nombre es Ismael Rivas. Soy detective de homicidios, una profesión que debería haberse extinguido. En una sociedad sin enfermedades ni taras genéticas que predispusieran a la violencia, el asesinato se había vuelto un anacronismo, una rareza cometida por inadaptados con métodos torpes y predecibles. Mi trabajo era, en su mayor parte, archivar informes y beber café sintético. Hasta la noche en que murió Kaelen Rhys.
Rhys era un dios. Un músico virtuoso cuyo Concierto para Sintetizador y Ondas Neuronales llenaba estadios. Estaba en el escenario del Gran Auditorio de Neo-Madrid, en el clímax de su obra, cuando ocurrió. Millones de personas lo vieron en directo. En un instante, su rostro joven y perfecto empezó a… deshacerse. La piel se le arrugó como el papel de seda, el pelo se le volvió blanco y quebradizo, sus huesos se encorvaron bajo el peso de décadas que no había vivido. Murió en menos de un minuto, un anciano de ciento veinte años en un cuerpo de treinta, ahogado por el fallo de unos órganos que habían envejecido un siglo en sesenta segundos.
La causa de la muerte fue inconfundible: progeria acelerada. Una enfermedad genética que provocaba un envejecimiento prematuro y brutal. Una enfermedad que, según el perfil genético público de Rhys, había sido "corregida y erradicada en su genoma" antes de que naciera.
Llegué a la escena del crimen, un caos de periodistas y pánico. El cuerpo de Rhys, esa horrible parodia de la vejez, ya había sido retirado. Pero el equipo de análisis atmosférico había encontrado algo.
—Es una nanopartícula, detective —dijo la técnica, una joven con más fe en sus máquinas que en sus ojos—. No la habíamos visto nunca. Parece inerte, pero su estructura es… extraña. Como una llave esperando una cerradura.
No había arma, no había veneno, no había intruso. Solo un hombre que había muerto de una enfermedad imposible y una mota de polvo inteligente flotando en el aire. No era un asesinato. Era un jodido milagro a la inversa.
La segunda muerte llegó tres días después. Una senadora, una de las arquitectas de la ley de "Pureza Genética", fue encontrada en su despacho. Sus pulmones se habían llenado de una mucosidad espesa y letal. Diagnóstico: fibrosis quística. Otra enfermedad fantasma, borrada de su ADN hacía cincuenta años. Y en el aire de su despacho, la misma nanopartícula.
El pánico, que hasta entonces había sido un murmullo, se convirtió en un grito. La élite "genéticamente limpia", esos dioses modernos que se creían inmortales, empezaron a mirar por encima del hombro. El asesino, al que la prensa bautizó como "El Espectro del Genoma", no te mataba. Despertaba al verdugo que llevabas dentro, en cada una de tus células.
Mi investigación era un callejón sin salida. Las víctimas no tenían conexión aparente. Un músico, una política. Diferentes círculos, diferentes vidas. Pero había una conexión, una que no estaba en sus agendas, sino en su sangre. Rebusqué en archivos médicos clasificados, soborné a un par de técnicos de la base de datos de salud global. Y la encontré.
Kaelen Rhys y la senadora, junto con otras diez personalidades de alto perfil, habían recibido su terapia génica de erradicación en la misma y prestigiosísima clínica privada: "GenoLife". Hacía exactamente veinte años.
GenoLife era el Vaticano de la genética, la empresa que había patentado la perfección. Su fundador, el Dr. Aris Thorne, era una mezcla de genio y mesías. Pero Thorne había muerto hacía cinco años en un extraño accidente de laboratorio. Y la empresa, ahora dirigida por un consejo de ejecutivos con sonrisas de tiburón, negó cualquier implicación.
—Nuestra tecnología es perfecta, detective —me dijo la nueva CEO, una mujer con un rostro tan simétricamente perfecto que parecía generado por una IA—. Lo que usted sugiere es imposible. Nuestros registros son impecables.
Pero los registros, como las personas, pueden mentir.
Empecé a cavar en la historia de GenoLife. Sospechaba de los sospechosos habituales. Un bio-terrorista de la "Coalición Naturalista", esos fanáticos que se oponían a cualquier modificación genética. Un científico despedido que buscaba venganza. O, la teoría más retorcida, una víctima de los efectos secundarios de la terapia que ahora se estaba cobrando su propia y terrible justicia. El Espectro del Genoma parecía estar "castigando" a aquellos que habían desafiado su destino genético, como si viera su perfección como una forma de arrogancia contra la naturaleza.
Fue un antiguo empleado de GenoLife, un técnico de laboratorio al que habían despedido por "inestabilidad emocional", quien me dio la pista. Lo encontré viviendo en los barrios bajos, paranoico y tembloroso.
—Thorne era un genio, pero era un imprudente —me susurró, mirando a las sombras—. La terapia de erradicación… no era perfecta. No borraba los genes defectuosos. Solo los "silenciaba". Los envolvía en una proteína sintética, los dejaba latentes, dormidos. Como fantasmas en el genoma. Thorne sabía que era un riesgo. Sabía que, teóricamente, un agente catalizador específico podría… despertar a esos fantasmas.
Y me habló de un proyecto secreto. Un proyecto de contingencia por si alguna vez necesitaban revertir la terapia. Un agente biotecnológico, un virus de diseño capaz de disolver esa proteína y reactivar los genes durmientes.
—Y hubo… accidentes —continuó el técnico, sus ojos llenos de un viejo terror—. Pruebas que salieron mal. Niños. Una docena de niños de la primera generación de la terapia. Sufrieron fallos en cascada. Sus genes fantasma se despertaron todos a la vez. Fue una carnicería. GenoLife lo encubrió. Pagaron a las familias, clasificaron los archivos. Esos niños nunca existieron oficialmente.
Ahora tenía la conexión. Y tenía el arma. Y tenía una lista secreta de víctimas potenciales: todos los que habían recibido la terapia en esa primera y defectuosa generación.
El culpable tenía que ser alguien de dentro. Alguien con acceso a la lista, al agente catalizador y a los conocimientos de Thorne. Mi investigación me llevó a un nombre: el Dr. Elara Finch. Era la mano derecha de Thorne, una genetista brillante y su protegida. Había desaparecido del mapa después de la muerte de Thorne. Pero lo más importante, su perfil público indicaba que tenía una hija. Una hija que habría tenido la edad perfecta para ser una de las primeras en recibir la terapia. Y cuya muerte, registrada como un "accidente doméstico", coincidía con la época de los "fallos en cascada" que GenoLife había encubierto.
El Espectro del Genoma no era un terrorista. Era una madre vengativa.
Rastreé sus movimientos, sus compras de material de laboratorio en el mercado negro, sus comunicaciones encriptadas. Y descubrí su plan final. Iba a liberar el agente biotecnológico, no sobre un individuo, sino sobre una multitud. El evento de celebración del vigésimo aniversario de GenoLife, una gala de etiqueta en el Museo de la Evolución Humana. Un lugar lleno de la élite "corregida", todos ellos clientes de la primera generación de la terapia. Iba a ser una masacre genética.
Y entonces, mientras revisaba mi propio perfil genético por un presentimiento, sentí que el suelo se abría bajo mis pies. Mi padre, un hombre rico y obsesionado con la perfección, me había sometido a la terapia de GenoLife cuando era un niño. Mi genoma contenía un fantasma. Un gen latente para una enfermedad neurodegenerativa de la que ni siquiera había oído hablar. Yo también estaba en la lista.
La confrontación final tuvo lugar en las entrañas del museo, en el sistema de ventilación. La encontré allí, la Dra. Finch, una mujer consumida por el dolor, ajustando el nebulizador que dispersaría el virus. No parecía un monstruo. Parecía una mujer rota.
—Se lo quitaron todo, detective —dijo, su voz era una calma terrible—. Mi hija. Murió en mis brazos, su cuerpo convulsionando, traicionada por la misma ciencia que prometió salvarla. Y ellos lo ocultaron. Celebran su perfección sobre la tumba de mi niña. Se creyeron dioses, desafiaron a la naturaleza. Yo solo les estoy recordando que la naturaleza siempre, siempre, cobra sus deudas.
No podía razonar con ella. El dolor la había convertido en un instrumento de pura venganza. Luchamos. Una pelea desesperada entre los conductos de aire, rodeados por el zumbido de la maquinaria. Ella era sorprendentemente fuerte, impulsada por una furia de dos décadas. Logró activar el nebulizador. Un vapor incoloro e inodoro empezó a llenar el conducto.
Sabía que estaba infectado. Sabía que mi propio fantasma genético acababa de ser despertado. Tenía, quizás, horas. O minutos.
En un último acto de desesperación, rompí una de las tuberías del sistema de refrigeración. El nitrógeno líquido se derramó, congelando el nebulizador, congelando el virus, congelándolo todo. Y la congeló a ella. Murió al instante, una estatua de hielo con una expresión de triunfo y de pena eternas en su rostro.
El ataque fue prevenido. Pero la verdad, como un virus, se extendió. La historia de la Dra. Finch, los archivos que recuperé de su laboratorio, todo salió a la luz. El escándalo de GenoLife fue apocalíptico. Su "tecnología perfecta" era una bomba de relojería genética. La confianza del público en la terapia génica se derrumbó de la noche a la mañana.
La sociedad se enfrentó a un nuevo y terrible miedo. Su perfección era una ilusión frágil. Los fantasmas de su propio ADN, las enfermedades que creían haber vencido para siempre, podían ser despertados. El concepto de "enfermedad erradicada" se convirtió en una mentira aterradora.
Y yo… yo vivo con un reloj en mi cabeza. Los médicos no saben cómo revertir el efecto del catalizador. Mi gen fantasma está despierto. Puede que se manifieste mañana, o dentro de diez años, o nunca. Vivo cada día sabiendo que mi propio cuerpo es mi verdugo potencial.
Resolví el caso. Detuve a la asesina. Pero perdí la única guerra que de verdad importaba. La guerra contra la imperfección. Porque he aprendido, de la forma más jodidamente brutal, que los verdaderos monstruos no son las enfermedades que llevamos en nuestra sangre, sino la arrogancia que nos hace creer que podemos jugar a ser dioses sin pagar el precio.

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